Madre e hijo

Al escuchar el brusco ruido, la madre y su pequeñito se arrinconaron como ratones en una jaula. La madre, quien dependía de sus otros sentidos debido a problemas hereditarios de vista, rompió en llanto al darse cuenta que el intruso pretendía despojarla de su hijo. ¡Piedad!, gritaba la indefensa mujer, pero cada palabra que intentaba articular no era más que un chillido incomprensible para el intruso. Por su cuenta, el pequeñito se había refugiado instintivamente bajo los brazos de su madre. Pese a su breve edad y la confusión del momento, el crío estaba congelado, pálido y aterrado como si fuese consciente de la tragedia que le acechaba. Al contrario de su madre, el niño permanecía absorbido en un mortífero silencio. Su respirar era detectable sólo para su madre quien le estrujaba contra su pecho. Lo protegía, lo abrazaba, lo mantenía tan cercano a ella como si intentase meterle nuevamente en su vientre.

Para el intruso, ellos no eran más que dos seres desechables. Animales. Bestias. Parásitos. Cualquiera pagaría para exterminarles, así que el intruso tenía todo derecho de hacer y deshacer con ellos. Además, era por una buena causa: la ciencia. El intruso precisaba de un cerebro joven para sus fines intelectuales. Las neuronas de los chiquillos como éste estaban bastante cotizadas debido a su resistencia y plasticidad. Grandes hallazgos y publicaciones motivaban a miles de intrusos como el de esta historia.

Sin escrúpulos, el intruso arrebató al pequeñito de los brazos de su madre y lo arrojó a una celda de cristal. El crío comenzó a sentir un baño de electricidad recorriéndole la piel. Sus frágiles piernas parecían dos cuerdas que vibraban al son de los gritos de su madre. En un par de segundos, el chiquillo se desplomó. Había perdido la conciencia a causa del isoflurano, un anestésico que colmaba el interior de su celda. El intruso observaba en la comodidad de su lejanía y al mirar que el pequeño apenas respiraba, lo tomó del lomo y lo decapitó. El carmín le cubría su cabellera castaña como un aura mientras el intruso le extirpaba la piel como si fuese una máscara. Al retirar todo el cuero de la cabeza, el intruso había expuesto el cráneo del crío. Allí en sus huesos parecía formarse una cruz que se conocía como el bregma: un punto anatómico para el intruso, un mal augurio para la madre.

Para terminar el rito, el intruso tomó un par de tijeras y comenzó a cortar desde el tronco cerebral hasta lo que solía ser la frente del pequeñito. Al sonido de dos chasquidos, el intruso había desprendido los huesos del cráneo y el tesoro de sustancia gris se asomaba. El intruso retiró la masa gelatinosa y comenzó a rebanarla como jamón. Este era el trabajo del intruso, día a día, crío a crío, cerebro a cerebro. Se estimaba que rebanaba unos doce cerebros en cada jornada de trabajo. ¡Qué ultraje a la humanidad! Pobres niños, pobres madres. Mas para el alivio del lector, es preciso revelar que se trata de ratones y no de humanos.