Pecado y Redención

La percibía tan blanca e inmaculada como a la Virgen, y tan roja, suave, y jugosa como el fruto que tentó a Eva. Vestía un bikini rosado como sus mejillas, una playera translúcida cubriéndole el busto en su intento de modestia, y una sonrisa desbordándole entre los labios. El sol la bañaba desde la cúspide rizada de sus cabellos rubios hasta las piernas que sus manos conocían de memoria. Tantas veces la había tocado, recorrido, derretido en sus palmas, en sus dedos, en sus yemas.  Mas ahora la miraba inexistente, en una pantalla, en una fotografía que había ciertamente sido tomada hace ya algunos días. Lo único palpable que le quedaba de ella era la sed que le escurría entre las piernas.

La verdadera tragedia no era la ausencia de su amante, sino su regreso y con ello, su próxima carencia.  En la rutina inescapable de su vida, Diana era lo único incierto. La única seguridad era que como una estrella fugaz desaparecería y en alguna velada lejana, oscura y desolada volvería. Su relación oscilaba entre lo etéreo y lo carnal.  Había veces en que la miraba a los ojos y le esbozaba un ¨te amo¨ con los labios y caía en sueño entre sus brazos. Había noches en que entre sudor, ofensas y mordidas se deshacían. Eran aves, animales, pecado y redención. Hasta en sus más sórdidas fantasías terminaba en arrepentimiento y rescatándola de la fatalidad. Como ahora que se imaginaba al lado de ella, acariciándola como las olas, besándola con el calor y la sal, hundiéndose y flotando en sus manos, repentinamente tomándola del pelo y sofocándola en el infinito del mar. Pero se detenía en las caricias porque incluso las estrellas, esas también mueren.

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