Pecado y Redención

La percibía tan blanca e inmaculada como a la Virgen, y tan roja, suave, y jugosa como el fruto que tentó a Eva. Vestía un bikini rosado como sus mejillas, una playera translúcida cubriéndole el busto en su intento de modestia, y una sonrisa desbordándole entre los labios. El sol la bañaba desde la cúspide rizada de sus cabellos rubios hasta las piernas que sus manos conocían de memoria. Tantas veces la había tocado, recorrido, derretido en sus palmas, en sus dedos, en sus yemas.  Mas ahora la miraba inexistente, en una pantalla, en una fotografía que había ciertamente sido tomada hace ya algunos días. Lo único palpable que le quedaba de ella era la sed que le escurría entre las piernas.

La verdadera tragedia no era la ausencia de su amante, sino su regreso y con ello, su próxima carencia.  En la rutina inescapable de su vida, Diana era lo único incierto. La única seguridad era que como una estrella fugaz desaparecería y en alguna velada lejana, oscura y desolada volvería. Su relación oscilaba entre lo etéreo y lo carnal.  Había veces en que la miraba a los ojos y le esbozaba un ¨te amo¨ con los labios y caía en sueño entre sus brazos. Había noches en que entre sudor, ofensas y mordidas se deshacían. Eran aves, animales, pecado y redención. Hasta en sus más sórdidas fantasías terminaba en arrepentimiento y rescatándola de la fatalidad. Como ahora que se imaginaba al lado de ella, acariciándola como las olas, besándola con el calor y la sal, hundiéndose y flotando en sus manos, repentinamente tomándola del pelo y sofocándola en el infinito del mar. Pero se detenía en las caricias porque incluso las estrellas, esas también mueren.

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La preferida

La prefiero a ella,
a Soledad,
que a Compañía
porque Soledad también es compañía,
pero al contrario de Compañía,
Soledad es leal, certera e infalible.

Antes de enamorarme de Soledad,
vivía de cama en cama con Compañía.
Por un poco de ella,
yo era capaz de bajar las manos
de tragarme el orgullo,
de encoger los hombros y
de asentir con la cabeza.
Le soportaba sus engaños,
sus berrinches,
sus desvelos y
sus excesos.

Pero un día,
cuando Compañía me dejó,
me acosté con Soledad.
En silencio me esperaba,
sabía bien que mis vicios poco durarían
y que vendría a desvestirme en sus brazos
suaves,
apacibles e
infinitos.

En la oscuridad nos revolcamos
hasta sudar todo el llanto por los poros.
Me limpió cada herida con sus jugos de amnesia
y me arrulló en un cantar mudo hasta recostarme en un sueño de olvido.

Al despertarme indemne,
Soledad también había absuelto a Compañía.
Le di un beso en la mejilla,
le cerré las cortinas,
se quedó taciturna como siempre
y me fui con Compañía.

Madre e hijo

Al escuchar el brusco ruido, la madre y su pequeñito se arrinconaron como ratones en una jaula. La madre, quien dependía de sus otros sentidos debido a problemas hereditarios de vista, rompió en llanto al darse cuenta que el intruso pretendía despojarla de su hijo. ¡Piedad!, gritaba la indefensa mujer, pero cada palabra que intentaba articular no era más que un chillido incomprensible para el intruso. Por su cuenta, el pequeñito se había refugiado instintivamente bajo los brazos de su madre. Pese a su breve edad y la confusión del momento, el crío estaba congelado, pálido y aterrado como si fuese consciente de la tragedia que le acechaba. Al contrario de su madre, el niño permanecía absorbido en un mortífero silencio. Su respirar era detectable sólo para su madre quien le estrujaba contra su pecho. Lo protegía, lo abrazaba, lo mantenía tan cercano a ella como si intentase meterle nuevamente en su vientre.

Para el intruso, ellos no eran más que dos seres desechables. Animales. Bestias. Parásitos. Cualquiera pagaría para exterminarles, así que el intruso tenía todo derecho de hacer y deshacer con ellos. Además, era por una buena causa: la ciencia. El intruso precisaba de un cerebro joven para sus fines intelectuales. Las neuronas de los chiquillos como éste estaban bastante cotizadas debido a su resistencia y plasticidad. Grandes hallazgos y publicaciones motivaban a miles de intrusos como el de esta historia.

Sin escrúpulos, el intruso arrebató al pequeñito de los brazos de su madre y lo arrojó a una celda de cristal. El crío comenzó a sentir un baño de electricidad recorriéndole la piel. Sus frágiles piernas parecían dos cuerdas que vibraban al son de los gritos de su madre. En un par de segundos, el chiquillo se desplomó. Había perdido la conciencia a causa del isoflurano, un anestésico que colmaba el interior de su celda. El intruso observaba en la comodidad de su lejanía y al mirar que el pequeño apenas respiraba, lo tomó del lomo y lo decapitó. El carmín le cubría su cabellera castaña como un aura mientras el intruso le extirpaba la piel como si fuese una máscara. Al retirar todo el cuero de la cabeza, el intruso había expuesto el cráneo del crío. Allí en sus huesos parecía formarse una cruz que se conocía como el bregma: un punto anatómico para el intruso, un mal augurio para la madre.

Para terminar el rito, el intruso tomó un par de tijeras y comenzó a cortar desde el tronco cerebral hasta lo que solía ser la frente del pequeñito. Al sonido de dos chasquidos, el intruso había desprendido los huesos del cráneo y el tesoro de sustancia gris se asomaba. El intruso retiró la masa gelatinosa y comenzó a rebanarla como jamón. Este era el trabajo del intruso, día a día, crío a crío, cerebro a cerebro. Se estimaba que rebanaba unos doce cerebros en cada jornada de trabajo. ¡Qué ultraje a la humanidad! Pobres niños, pobres madres. Mas para el alivio del lector, es preciso revelar que se trata de ratones y no de humanos.