Pecado y Redención

La percibía tan blanca e inmaculada como a la Virgen, y tan roja, suave, y jugosa como el fruto que tentó a Eva. Vestía un bikini rosado como sus mejillas, una playera translúcida cubriéndole el busto en su intento de modestia, y una sonrisa desbordándole entre los labios. El sol la bañaba desde la cúspide rizada de sus cabellos rubios hasta las piernas que sus manos conocían de memoria. Tantas veces la había tocado, recorrido, derretido en sus palmas, en sus dedos, en sus yemas.  Mas ahora la miraba inexistente, en una pantalla, en una fotografía que había ciertamente sido tomada hace ya algunos días. Lo único palpable que le quedaba de ella era la sed que le escurría entre las piernas.

La verdadera tragedia no era la ausencia de su amante, sino su regreso y con ello, su próxima carencia.  En la rutina inescapable de su vida, Diana era lo único incierto. La única seguridad era que como una estrella fugaz desaparecería y en alguna velada lejana, oscura y desolada volvería. Su relación oscilaba entre lo etéreo y lo carnal.  Había veces en que la miraba a los ojos y le esbozaba un ¨te amo¨ con los labios y caía en sueño entre sus brazos. Había noches en que entre sudor, ofensas y mordidas se deshacían. Eran aves, animales, pecado y redención. Hasta en sus más sórdidas fantasías terminaba en arrepentimiento y rescatándola de la fatalidad. Como ahora que se imaginaba al lado de ella, acariciándola como las olas, besándola con el calor y la sal, hundiéndose y flotando en sus manos, repentinamente tomándola del pelo y sofocándola en el infinito del mar. Pero se detenía en las caricias porque incluso las estrellas, esas también mueren.

Barranca del Muerto

Miras el reloj. 5:24 pm. Sabes que es la hora pico y que dentro de dos estaciones cada espacio en el vagón estará atiborrado de otros oficinistas ansiosos por llegar a casa. Siguiendo el mismo protocolo de cada martes, te aflojas el cuello de la camisa y te arremangas como símbolo premonitorio del agasajo de calor que la muchedumbre está por traer.

Miras a la chica de al lado. Ojos mininos. Dos avellanas penetrantes fijadas a la pantalla del celular. Por un instante, te preguntas qué sería de los dos sin la barrera de la tecnología. Sabes que eres un introvertido, pero en tus adentros tienes esa duda: ¿y si el teléfono no fuese una excusa, acaso me animaría a preguntarle su nombre? ¿Sería posible tener una conversación orgánica, de esas que tenían los humanos hace un par de décadas cuando nadie tenía por qué refugiarse en el entretenimiento y la validación de las redes sociales?

Pero no. Al final de cuentas reflexionas un poco más sobre el asunto y concluyes que si no fuese el teléfono, sería un libro, o un periódico, o un par de chiquillos en el regazo de esa joven. Los humanos siempre encuentran una manera de entretener las meninges. ¿De qué otra manera sería esta vida soportable? Aquellos que dejan el esparcimiento de lado y se dedican a pensar demasiado, terminan hundidos en las cuestiones y crisis existenciales como tú.

Por eso mejor atarse a la rutina. A esas ocho horas de oficina que poco a poco te aprietan más el cuello. Tú sabes bien que algún día terminarás sofocado, pero sin el dolor de estar consciente de ello. Sin el calvario de haberte dedicado a uno de esos trabajos en donde las cosas son inciertas. Ya sabes, como cuando habías dicho que querías ser un físico experimental y explorar las cuestiones de la mecánica cuántica. La monotonía, aunque sea gris y aburrida, posee algo que la vida de un explorador carece: la certeza. La belleza de la rutina está en su impecable patrón. Es la receta de algún platillo cuyo sabor no disfrutas nunca, pero cuyo proceso te redime del hambre de la incertidumbre.

Miras afuera. Estación Barranca del Muerto. En casa.